El sueño se convierte en realidad.

 

Cuando era chica creía que tener un coche era lo máximo, que todo era un porsche rojo descapotado (así me lo imaginaba yo), diversión, y mucha velocidad. Cuando crecí comprendí que la vida nunca es tan fácil, que no todo siempre se te da como te lo pintabas en la niñez.

Entre más edad escuchaba palabras como forros EPDM, autopartes de encendido, bujías, motores defectuosos, bombas de gasolina, muertes por accidentes de coches, seguros. Y así podría continuar, pero te bombardearía más de lo que ya lo estoy haciendo, hasta el punto de desencantarte con el que alguna vez fue tu sueño.

Así es la vida, entre más creces los sueños se van volviendo retos que son cada vez más difíciles de cumplir, aunque no imposibles. Pero ya no basta con extenderle la mano a tus papas, o en estancarte en los sueños, o en creer que todo te va caer solamente porque lo deseas. No, la vida adulta te enseña que todo llega con el esfuerzo que vas creando tú, que nada en la vida es gratis ni es fácil.

Si ni siquiera el amor es fácil, ¿imagínate los otros aspectos de tu vida? El crear una familia, conseguir el trabajo que te apasioné, o simplemente, con lo que inicié el artículo, comprando un coche.

Cuando te das cuenta de que para comprar ese coche rojo descapotado involucra el mantenimiento de las autopartes, de un trabajo bien pagado, de mucho cuidado para que la delincuencia no te termine costando tu vehículo, y de las multas que la alta velocidad te puede ocasionar. Y no es el sueño que aparezca solo en tu porche, ahí es cuando creces, y ahí es cuando la vida en realidad te golpea con la dureza de lo que es.

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